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La Coctelera

pensamientos de la vida eterna de julian marias

[...] Y cuando nos llega el momento de hablar de la trascendencia, del más allá, de la vida eterna, en suma, del cielo, es inevitable que salgan a relucir.

-Yo siempre he pensado -me dice- que mi mayor confianza de entrar en la gloria la tengo en que Lolita conseguirá abrirme las puertas del cielo.

Asiento pensando que se trata de una reflexión metafísica, quizá teológica, cuando observo que se le pone un aire travieso, para explicarme:

-De recién casados, dentro de nuestras modestas posibilidades, procurábamos viajar y conocer España. Teníamos pasión por las piedras viejas y por la historia que en ellas se reflejaba. Visitábamos pequeñas iglesias, en las que Lolita entraba siempre a rezar, por supuesto, y a no perderse detalle. A veces eran iglesias medio abandonadas, cerradas, y siempre me admiraba el olfato que tenía mi mujer para averiguar dónde encontrar al cura o al sacristán que tuviera la llave; y al encanto persuasivo con que los convencía para que nos abrieran. Pues la misma maña se dará para que me abran las puertas del cielo.

Fragmento de la entrevista realizada a Julián Marías por José Luis de Olaizola para su libro Más allá de la muerte, Planeta, Barcelona, 1994, pág. 177.

articulo de Garci sobre Marias

hombre que nunca mintió

Además de la vivacidad y la amenidad de su estilo, puro cristal de Murano, un estilo muy sencillo, muy «inteligible» y muy directo (el mismo con el que Frank Capra filmó La amargura del general Yen), Julián Marías nos transmitía una afectuosidad que yo diría que era como de otro tiempo. Estilo de hombre sabio, que es ese estilo que atesora como continuas señales del niño que se ha sido y del niño que se sigue siendo. Es muy difícil explicarlo. Su estilo, en fin, nos acercaba a él de una manera imparable. Uno de los éxitos de Julián Marías, me parece, es que al leerlo siempre tienes la impresión de tener veinte años, de estar empezando.

He sentido por Julián Marías, desde que estudiaba Preuniversitario en el Instituto Cervantes de Madrid, calle de Montesquinza («Preu» de Letras, naturalmente, Hernández Vista nos daba Latín y Lasso de la Vega, Griego); le tenía a don Julián, decía, desde entonces, profunda admiración y «simpatía». Escribo «simpatía» entre comillas, porque no encuentro una palabra más ajustada. Siempre me ha seducido su jovialidad, su «proximidad». También «proximidad» lo escribo con comillas. Cuando le conocí, hace catorce o quince años, pude comprobar que esa «cercanía» que se desprende de sus textos, esa «cordialidad», también formaba parte de su persona. Recuerdo que, muy al principio de los sesenta, tuve la suerte de conseguir, en la librería Cervantes de Oviedo, una primera edición, la de 1941, de su maravillosa Historia de la Filosofía, con prólogo de Zubiri, un libro que me ha acompañado durante toda la vida y del que he sacado enormes recompensas. Un verdadero libro «llave». Los libros «llave» son esos que te abren casi todas las puertas y verjas y te permiten pasar a los fantásticos mundos con que sueñas de chico. Y también un libro de magia, como el Quijote, que me descubrió, sobre todo, que lo interior es mayor que lo exterior y que lo íntimo es inabarcable de lo grande que puede llegar a ser.

Fe en la libertad.
En realidad, la Historia de la Filosofía de Julián Marías, es, para mí, un texto dedicado a la juventud, una nueva Isla del Tesoro. Los libros de Julián Marías, los que a mí más me gustan, encabezados por sus memorias en tres tomos, Una vida presente, me han transmitido su fe irreductible en las personas, en la libertad humana. Y eso, viniendo de alguien que ha tenido una vida difícil y complicada -delaciones (falsas) de amigos, cárcel, amenazas de fusilamiento, prohibido años y años por el régimen franquista, para el que siempre fue sospechoso, en fin, represaliado por las dos Españas-, tiene todavía más mérito. Supongo que haber hablado por los codos con Ortega y Gasset o haber vivido aprendizajes y esperanzas con García Morente, tuvo que influir lo suyo. Así como «vivir» aquella Universidad Central de Madrid de los años 30, muy superior entonces a las de Oxford y Harvard, aunque hoy nos parezca increíble. Ser español, La educación sentimental, Mapa del mundo personal, España inteligible o Consideración de Cataluña, que son mis libros preferidos, además de la habitual temperatura ética ejemplar en su autor, nos propagan amor a manos llenas, seny, civilización y apuesta por la verdad sin dogmatismos. Pero hablemos de cine. Curiosamente, Ortega y Gasset, del que yo no he leído nunca nada relacionado con el invento de los hermanos Lumiére (aunque cuando nos habla de Las Meninas está hablando de luz, claro); pues Ortega, decía, en el inicio de su epílogo a una reedición de Historia de la Filosofía, escribía ésto: «Y ahora, ¿qué más? Julián Marías ha acabado de hacer pasar ante nosotros la película que es la Historia de la Filosofía». Ortega ya conocía la fascinación de su amigo y discípulo por el cine.

Desconozco los libros o revistas cinematográficas que haya podido leer Julián Marías a lo largo de su aventura como crítico cinematográfico, si es que se ha documentado. Desde luego, Marías pudo leerlo todo y en sus respectivas lenguas: Andrew Sarris o Film Culture, en inglés; André Bazin, Sadoul o Cahiers du Cinémà, en francés; Lotte Eisner o Kracauer, en alemán...

Azorín. Pero, ¿y en nuestro idioma? ¿Alfonso Reyes?, ¿Villegas López?, ¿Azorín?, que, por cierto, descubrió lo bien que caminaba Gary Cooper. Azorín, un genio de nuestras letras y un crítico muy sui generis, fue una persona querida y admirada por Julián Marías. A mí, don Julián, a lo largo de algunas conversaciones, me llevó a compartir su entusiasmo por el Dreyer alicantino de nuestra literatura. Hace tiempo, Marías le dedicó un texto monográfico, Ciencia romántica, donde homenajeaba al joven y bohemio Martínez Ruiz que se alimentó durante veinte días a base de dos panecillos de diez céntimos, y todo por poder seguir escribiendo, por no abandonar su vocación de escritor, luchando contra el hambre sólo por escribir. Sé que a Julián Marías le hubiera gustado mucho ver en imágenes Doña Inés. A mí, también. Si consiguiera filmarla algún día, naturalmente que estaría dedicada a don Julián.

Alguien que se ha adentrado, explorado y clarificado a Zubiri o a Unamuno, de los que ha escrito páginas memorables, ¿cómo no iba a explicar mejor que nadie lo que es el cine de autor? Las críticas de Marías en Gaceta Ilustrada, de hace medio siglo, o las de Blanco y negro, más recientes, pero también lejanas, están repletas, y trato de elegir muy bien cada palabra, de inspiración, de valentía, de alegría, de perspectiva, de mesura, de conocimiento; y vacías de pedantería y fanatismo. Están redactadas con soltura, con una curiosidad que adivinas inacabable, son libres, nada envaradas. Julián Marías jamás ha pertenecido a ningún ghetto excluyente ni al cinturón de las capillitas ni al club de los cinéfilos del codazo moderno. En aquellos años, en que los textos de los críticos febriles y, supuestamente, entendidos, salían oscuros y arrugados, a Julián Marías los párrafos le brotaban de su máquina de escribir lisos y luminosos.

Nobleza.
¡Qué placer era para mí leer sus columnas!, aunque me tildaran de antiguo, porque lo moderno era poner los ojos en blanco ante las aburridas disquisiciones o los «comprometidos» ensayos ininteligibles que abundaban en las revistas especializadas de media Europa. Julián Marías reflexionaba sobre un lenguaje creado a base de imágenes, muy parecido a la vida, con nobleza. El cine, analizado por Marías, cualquier película, tenía nobleza. La cinematografía era tan noble y tan digna como la literatura, la música, la pintura o la propia historia. Y, además, muchas de su críticas elevaban el producto. También lograba que los que amábamos el cine nos sintiéramos orgullosos y, más aún, seguros. La capacidad de espectador de Julián Marías era, además de panorámica, en Cinemascope. Ha sido uno de los pocos críticos que yo he conocido que podían perderse de verdad dentro de una película, de tanto como se metía. Marías veía todo, o casi todo, de lo que hay en una película y de lo que la película propone. Era un Sherlock Holmes al que no se le escapaba nada, por más que lo hubiera querido ocultar el director. Quizá porque Julián Marías, cuando iba al cine, veía lo que tenía delante de los ojos, que siempre es lo más difícil de ver. Nada se le quedaba fuera de cuadro a aquellos ojos azules, con destellos plateados, tan azules como los de la mamá de Dumbo.

Es evidente que muchos recuperamos la infancia cuando vamos al cine, y que, a estas alturas del metraje, ya somos las películas que hemos visto y con quien las hemos visto. Para ser justos, la mayor parte de las críticas de Julián Marías -y no tengo la sensación de arriesgar nada-, le pertenecen tanto a él como a su mujer, Dolores Franco. No pretendo expresar que don Julián no tecleara sus propias impresiones e ideas semana a semana, pero sí que esas opiniones eran acompañadas por las de su mujer, y al revés. Quiero decir que las reseñas de Marías eran como el resultado de una historia de amor. De ahí su belleza, su bondad, su claridad, su sinceridad, su pasión, su modernidad, su poesía ligera y su temblor (¿inquietud?) de humanista cristiano. El matrimonio de Julián Marías -y así se desprende en sus Memorias-, fue también el de una pareja de aficionados la cine. Sé que él y Lolita quedaban quince minutos antes de comenzar la sesión en alguna cafetería cercana a la sala, donde tomaban café o un refresco, y, así, al placer de ir a ver una película sumaban la felicidad de una cita con la persona amada. Primum vivere.

Una mirada común. Solían ir al cine un par de veces por semana. Yo los vi en alguna ocasión, en el cine Conde Duque, me parece. Don Julián vestido con traje oscuro, camisa blanca y corbata; ella, con esa elegancia de las mujeres de Penagos, tan cosmopolitas y tan decididas, mujeres que parecen como dibujadas a tinta china, pongamos que entre Margaret Sullavan y Kate Hepburn. Les recuerdo hablando en el hall, al tiempo que se fijaban en todo, como si fueran turistas o, mejor aún, exiliados. La cuestión es que si, allá por los primeros cuarenta, don Julián dialogó sin parar, durante meses y meses, con su entonces novia, mientras preparaba Historia de la Filosofía, solicitando su opinión continuamente -libro que ella transcribió y puso en limpio-, ¿cómo no iba a charlar horas y horas con su mujer de las películas que veían juntos, que vivían juntos? Sobre la fotografía, sobre la música, sobre tal escena, sobre tal diálogo. Me ha contado Miguel Marías, que es uno de los mejores críticos cinematográficos que tenemos en España, por no decir el mejor, al que quiero casi tanto como admiro; según su hijo Miguel, digo, en cuanto su padre sacaba el último folio de la máquina, salía disparado hacia donde se encontrara su madre para pedirle opinión. Y aunque Lolita estuviera atareada con labores caseras, lavándose la cabeza o hablando por teléfono, allí se quedaba don Julián, sin moverse, hasta que ella leía el artículo o el capítulo de un nuevo libro en marcha. Por eso, quiero darle hoy a Dolores Franco -cuando ya está otra vez al lado de su marido, porque si no fuera así, «la felicidad sería un engaño»-, la autoría compartida de muchas estupendas reflexiones sobre el cine, por tantos ensayos magníficos que don Julián nos regaló acerca de esa vida de repuesto que llamamos películas. Por compartir cientos de emociones a 24 fotogramas por segundo y participar ambos del gozo de las palabras asequibles, de las frases sin aspavientos. Porque los dos tenían una mirada común que abarcaba la totalidad.

Estos días he vuelto a releer casi todas las reseñas, notas, juicios, pensamientos o como quiera que se llame el trabajo cinematográfico de Julián Marías. Me han parecido ensayos de convivencia. No lo supe ver así hace años. Pero lo que veo ahora es eso, tolerancia, convivencia. Con qué sencillez nos ha mostrado el talento de Josef Von Sternberg o de Murnau, con qué naturalidad nos ha descrito la emoción según Leo McCarey. Ya en 1965, escribiendo de Las campanas de Santa María, una película que yo adoro, dedujo que McCarey no era sólo un genial cineasta, sino que, pasado el tiempo, iba a ser un autor de cabecera para los cinéfilos que entonces eran jóvenes, nosotros, cuando maduráramos. Y es una pena que se haya muerto sin descubrirnos por qué lloramos todos en la secuencia final de Tú y yo. Adivinamos que es un retorno, una revisitación, sí, pero, ¿adónde exactamente? Marías dice que McCarey filmaba y pensaba en planos significativos. Curioso, ¿eh? Una vez le pregunté: «¿Por qué muchas películas que en el pasado fueron consideradas excepcionales se arrugan hoy ante nuestros ojos?» «Eso únicamente ocurre con las que en su tiempo ya eran inauténticas -me respondió-. Las películas verdaderas envejecen sin mengua».

Días de sufrimiento.
En el último tomo de Una vida presente, cuando Julián Marías narra los terribles momentos de la pérdida, primero, y la ausencia, después, de su mujer -«Yo ya no soy yo ni mi casa es mi casa»-, escribe las mejores páginas de toda su obra, porque en ellas nos enseña que el corazón es lo importante, y nos revela que el filósofo, que la filosofía, no es sino sensibilidad envuelta en pensamiento. De aquellos días de sufrimiento, de aquellos meses, de aquel tiempo de dolor, yo creo que podría salir una película tan extraordinaria como Tierras de penumbra.

Aunque pueda parecer un atrevimiento -pido disculpas por ello-, me inclino a pensar que a partir del tercer volumen de Una vida presente, también desde La educación sentimental, y sin abandonar la filosofía, Marías se internó en McCarey, en los territorios de la emoción pura, tan cercanos a la fe, a la verdad.

Desde que estudiaba sexto de bachillerato he sido partidario de Julián Marías, una de las escasas personas cultas de culto que hemos tenido por estos alrededores. Si se me permite, y me voy a mi jerga, yo le veía como un Bogart de la Filosofía, el Di Stéfano del pensamiento, un Sinatra de la razón.

Se nos ha ido, a todos, un amigo con los noventa cumplidos. Muy joven todavía. Un sabio. Un trabajador infatigable. Un grande de España. Un hombre que poseía todo lo bueno que acaba en encia: coherencia, paciencia, decencia, conciencia, resistencia, prudencia, coexistencia... Un ser humano irrepetible e insustituible. Una persona que ayudó a la democracia en tiempos de luto, allá por los cincuenta, y que luego volvió a echar una mano a su querido país durante la Transición. Siempre que alguien ponía en entredicho la verdad y la libertad, ahí estaba él, ahí estaban su voz y sus renglones. Los privilegiados que fueron sus amigos, quienes le acompañaron en sus numerosos viajes, sus admiradores, sus lectores, además de haber sido recompensados por lo que aprendimos a su lado, nos hemos beneficiado de algo que podríamos definir como un mejor entendimiento de la vida, de la vida doméstica, de la vida cotidiana. Todo esto forma parte tanto de su quehacer filosófico como de sus impresiones sobre la cultura. Fue de los primeros en intuir que el cine es el arte más propio de su tiempo y el más idóneo para expresar la realidad de la vida. Gracias a la inteligencia de su mirada, yo pude reconocer, casi de adolescente, que aquellos instantes como de mercurio que habitaban algunas imágenes, me hacían crecer, iban ampliándome y, a la vez, ensanchando mi entendimiento, mi pasión, mis dudas.

Como una roca.
Entre sus miles de páginas queda el autorretrato, muy Rembrandt, de alguien auténtico, siempre puesto a prueba por los tiempos -tiempos cambiantes, tiempos favorables (pocos), tiempos en contra-, siempre por encima de las modas; la imagen, muy Hawks, de alguien que nunca mintió, que no es sino la cortesía del verdadero intelectual; alguien, en fin, que ha permanecido firme como una roca ante las calumnias, defendiendo sus convicciones sin herir a nadie. (Entre paréntesis: lo de no mentir, en un crítico de cine, es un milagro).

Escribía a máquina, llevaba la cuenta de sus vuelos a Estados Unidos (yo también), ni tenía coche ni sabía guiar (yo tampoco), no le dio más lo del teléfono móvil (como a mí), le encantaban Maigret y sus deducciones bajo los cielos plomizos de París, leía por la noche antes de acostarse, en una butaca, sin quitarse el traje, que es una costumbre de otro tiempo, le gustaba visitar sin prisas los museos, no recibió muchísimos premios, nunca dio clases en las Universidades españolas, no conoció el rencor, era más que valiente (como Atticus Finch), olía a significado y a loción de afeitar, y a mí me enseñó a ser yo, a expresarme libremente, a no tener miedo de ser demasiado superficial, demasiado sentimental o demasiado pelmazo.

Se ha ido de puntillas, con la discreción de John Ford.

JOSÉ LUIS GARCI

Abc de las artes y las letras
, 24 de diciembre de 2005

el caracter futurizo del hombre

El carácter futurizo del hombre

La ilusión radica en esa dimensión de la vida humana que he explorado a fondo en la Antropología metafísica: su condición futuriza, es decir, el hecho de que, siendo real y por tanto presente, actual, está proyectada hacia el futuro, intrínsecamente referida a él en la forma de la anticipación y la proyección. Esto, claro es, introduce una «irrealidad» en la realidad humana, como parte integrante de ella, y hace que la imaginación sea el ámbito dentro del cual la vida humana es posible. Si el hombre fuese solamente un ser perceptivo, atenido a realidades presentes, no podría tener más que una vida reactiva, en modo alguno proyectiva, electiva y, en suma, libre.
Por eso la ilusión no puede reducirse a alegría o entusiasmo; digo reducirse, no que la alegría o el entusiasmo no puedan o deban ser ingredientes suyos. La ilusión significa anticipación. Afecta primariamente a los proyectos y, naturalmente, a sus términos. El título de Pedro Salinas, Víspera del gozo, conviene admirablemente a la ilusión.
Pero el futuro no es real; no es, sino que será; y habría que agregar: acaso. La fórmula, tan usada en muchas lenguas, y muy especialmente en español, «si Dios quiere», aplicada a un proyecto, a una cita, hasta a la expresión trivial «hasta mañana, si Dios quiere», aparte de su sentido religioso, de la conciencia de que todo eso está en las manos de Dios, responde con extremada finura a la condición misma de la futurición de la vida humana. Hay en ella un constitutivo elemento de inseguridad, de incertidumbre. Los proyectos se realizan o no; la vida misma puede interrumpirse en cualquier momento, y sobre el cotidiano «hasta mañana» pende la amenaza de su incumplimiento, de que no haya «mañana» -al menos para el que habla o el que escucha-.
Esto ayuda a entender por qué el sentido positivo de 'ilusión', el que aquí nos interesa, no se ha desprendido nunca del viejo y negativo: lo que nos ilusiona puede resultar ilusorio; el objeto de la ilusión puede fallar; a la ilusión la acecha la posibilidad de la desilusión.
El ejemplo más fuerte de ilusión es la vida del niño: es la forma propia de ella; un niño sin ilusiones no es propiamente un niño, sino una «cría», un «cachorro» o un adulto incompleto. Creo que esto debería ser el punto de partida de todo trato con el niño, de toda convivencia con él, y por supuesto de su educación. La razón es muy clara: el niño es todo futuro. Y esto no quiere decir simplemente que no se haya realizado aún, sino que es desde el principio futurizo, anticipador, proyectivo. El extraño fenómeno del aburrimiento del niño, que el animal no parece conocer, es revelador. Desde muy pronto, en edad increíblemente temprana, casi desde el nacimiento, el niño tiene más o menos vagos proyectos, que no puede realizar por falta de recursos -empezando por los biólogos, por las disponibilidades de su propio cuerpo-, y se aburre; por eso reclama imperiosamente la colaboración de los adultos, principalmente mediante el llanto, esa sorprendente arma del niño pequeño, para que le permitan, con sus recursos, la realización de sus proyectos propios. El niño sano, nutrido, abrigado, sin molestias ni dolores, llora; cuando aparece la madre u otra persona, se aquieta: ya tiene programa. Pero sólo brevemente: pronto necesitará algo más de atención, juego, canto, ser mecido, en suma, una sucesión de argumentos para su vida. Hace muchos años, en La estructura social, escribí que los adultos son las «colonias» del niño pequeño, que le permiten realizar sus proyectos, como las viejas colonias solían hacer para sus metrópolis. La vida infantil culmina en la espera de los Reyes Magos (o Santa Claus o cualquier equivalente). Esa anticipación es toda ilusión. No es sólo aguardar un regalo: es, sobre todo, la recreación de la leyenda, la imaginación de los Reyes Magos con sus camellos y sus servidores, cargados de presentes, de la averiguación de la morada de los niños y de su conducta, de su respuesta a unas peticiones anteriores, de las técnicas mediante las cuales conseguirán llegar hasta la casa y los zapatos que aguardan también. Si no son los Magos será le Père Noël o Santa Claus con su trineo y sus renos, con todos los ritos cuya anticipación es tan esencial por lo menos como la recepción de los regalos. La vida del niño está tensa, apuntando a un blanco, con alguna zozobra -¿llegarán los Reyes, encontrarán la casa, aprobarán mi conducta, serán generosos?-, imaginando todos los detalles: no hay más rigurosa víspera del gozo.
En la vida animal, no creo que pueda encontrarse nada análogo a la ilusión, precisamente por la ausencia de ese carácter futurizo. Con una excepción tal vez: la actitud del perro ante la inminencia de salir a pasear o cazar con su amo. Y aquí se trata de un caso claro de «hominización» del perro, de «contagio» de la vida humana, que de modo mínimo y provisional el perro vive vicariamente. La asociación entre los dos hace que el perro participe en alguna medida de la vida de su amo, poniendo en juego un tanto de imaginación, y así puede tener un análogo de lo que es la ilusión en el sentido propio de la palabra.
abc 1996

discurso premio p.asturias 1996

Majestad,
Alteza,

Recibir el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades es para mí un honor extraordinario, que agradezco en lo que vale. La única justificación quizá que tiene es el haber dedicado tanto tiempo de mi vida, de mi ya larga vida, al estudio de estas disciplinas. No puedo menos de recordar que en 1948 Ortega fundó el Instituto de Humanidades organizado, ponía, por José Ortega y Gasset y Julián Marías, dos insensatos, dijo, que no tenemos nada que perder. Poco después de su muerte, desde 1960 a 1969, dirigí un seminario de estudios de humanidades en el que tuve como colaboradores inmediatos a Enrique Lafuente Ferrari, Pedro Laín Entralgo, Rafael Lapesa, José Luis Aranguren, Melchor Fernández Almagro y entre los colaboradores jóvenes que trabajaban con nosotros se encontraban los que son ahora ilustres; recuerdo en este momento a Gonzalo Anes, Helio Carpintero, Miguel Martínez Cuadrado, Eduardo Martínez de Pisón, Carmen Martín Gaite, Francisco Aguilar Piñal, José María López Piñero, y unos cuantos más que merecerían ser recordados y que hoy ocupan puestos capitales en las disciplinas intelectuales españolas.

Yo creo que las Humanidades son algo abandonado en nuestro tiempo; empieza a haber una cierta conciencia de ello y es algo gravísimo que está ocurriendo en este momento. Humanidades son las ciencias de lo humano. No se trata solamente de las lenguas clásicas en las cuales están nuestras raíces. Es la Filosofía, es la Historia, es la Literatura, gran interpretación de la realidad humana, órgano precisamente de su representación imaginativa, de las relaciones entre personas y muy especialmente de la relación entre varón y mujer; son justamente aquellas disciplinas, que junto con las de la Naturaleza componen lo que Dilthey llamaba el globo intelectual. Es la otra mitad del globo intelectual.

Pero desde hace cierto tiempo, a pesar de que las Humanidades han sido en toda Europa, y en España muy particularmente, algo creador, glorioso en el siglo XX, se ha producido en los últimos tres o cuatro decenios un abandono progresivo de ellas. Que en definitiva, lo que ha hecho es continuar una tendencia, iniciada ya en el siglo XVIII, realizada después por diversos equipos que se han ido turnando y que ha consistido en la reducción de lo humano a lo no humano. La reducción del hombre, la reducción de lo que es una persona a un organismo, a veces algo inorgánico, a una cosa. La lengua distingue, lo he dicho muchas veces, distingue absolutamente entre persona y cosa. Distinguimos entre "qué y quién", distinguimos entre "algo y alguien", entre "nada y nadie". La lengua española tiene incluso un refinamiento particular y es que construye el acusativo de persona con la preposición "a", que no se emplea para el acusativo de cosas. Decimos "he comprado un libro", "he roto un vaso", decimos "he visto a Juan", "amo a Isabel", con la preposición "a". La lengua no lo confunde nunca.

En cambio, la Ciencia y la Filosofía llevan dos mil años largos preguntando qué es el hombre. Pregunta errónea, pregunta que asegura una respuesta falsa. La pregunta sería una doble pregunta, en cierto modo contrapuesta, adversaria, pero que no se puede omitir. Es "¿quien soy yo?", "¿qué va a ser de mí?". Estas son las preguntas radicales, las preguntas que se ha hecho la Filosofía acompañada de las demás disciplinas de lo humano. Creo que sobre todo ha habido un predominio aplastante del pensamiento acerca de cosas. Pensamos sobre cosas, nos movemos cómodos entre cosas. Pero la persona (he dedicado la mayor y mejor parte de mi investigación científica y filosófica a estudiar qué es persona), la persona es una realidad que no se parece a ninguna otra. Es absolutamente distinta de toda cosa; es un realidad proyectiva, orientada al futuro, no enteramente real, porque en la realidad de la persona esta incluida la irrealidad. Es justamente algo pasado porque tiene memoria, porque es un recuerdo; futuro porque es la anticipación de algo que ni siquiera es futuro. Ni siquiera es futuro por que no es seguro que ocurra.

Yo he acuñado la palabra "futurizo": orientado hacia el futuro, proyectado hacia el futuro. Esa es justamente la condición humana. Y esto precisamente no se puede entender más que con métodos que han sido creados, que han sido organizados durante el siglo XX y con una participación particularmente importante de España en ello. Ha sido menester partir de la realidad que es la vida humana. La vida humana, Ortega decía, es lo que hacemos y lo que nos pasa. No es las cosas, la realidad radical no son las cosas, como pensó el realismo filosófico, no es tampoco el yo, como quiso el idealismo. Es más, cuando se dice "el yo" y se le antepone un artículo determinado, se está omitiendo lo que es esencial de él. Los idealistas alemanes, que tanto mérito tuvieron, decían "das Ich". Ese artículo determinado cosifica el yo. Ello tiene una función pronominal. Es "yo", "tú". Si decimos "el yo" le ponemos un artículo y lo convertimos en cosa. Le privamos de su función propia y específica, que es justamente esa función proyectiva, esa función irreal. Desde la vida humana como tal, desde la doctrina que ha dado a entender la realidad en la cual aparecen todas las demás como "yo con las cosas", "yo y mi circunstancia", decía Ortega, lo que está en torno mío. Desde ahí, desde ese punto de vista, gramático, proyectivo, es como podemos entender esa realidad última, radical, que es la persona, que es el quién, que es cada uno de nosotros.

Hay que tener presente que cuando se habla de una persona, del nacimiento de una persona, se piensa que se puede derivar; no se deriva de nada. El hijo que nace se deriva del padre y de la madre, se deriva de los antepasados, de los elementos del cosmos, del oxígeno y el nitrógeno y el hidrógeno y el calcio y el carbono y el fósforo. De ahí se deriva "lo que" el hijo es, pero no "quien" es. Ese quien es un tercero, irreductible al padre y a la madre y a toda cosa, incluso a Dios, a quien puede decir no. Es una realidad nueva, es una innovación radical de realidad. Y eso es lo que llamamos creación. Justamente, siempre que se habla de creación se parte del Creador. Oh, del Creador no podemos partir, no está ahí, no disponemos de Él. Pero el hecho de la innovación radical de la realidad, eso es lo que entendemos por creación. Y por eso en español a un niño recién nacido se le llama una criatura ; una "criança" dicen en portugués, que es igual. Justamente esa realidad nueva, enteramente nueva, que no se puede reducir a nada, esa es la persona. Eso es lo que somos. Y es menester que nos entendamos justamente de ese modo, de ese modo radicalmente personal. Como algo nuevo, algo que se añade a todo lo que hay en la realidad y que no es solamente realidad, que tiene una dimensión de irrealidad, una dimensión imaginativa, proyectiva, y ese es precisamente el contenido de lo que llamamos humanidades, de las disciplinas de lo humano, y no olvidemos que en España la contribución capital a la cultura que ha hecho nuestro siglo ha sido precisamente en este campo de las humanidades.

Creo que es fundamental el que en España se mantenga la tradición. Que, junto a la otra mitad del globo intelectual (de la Naturaleza, de las Ciencias), se conserve justamente la tradición de las Humanidades. Yo sentí cuando era muy joven, antes de empezar mis estudios universitarios, la afición a las ciencias de la naturaleza, y empecé mis estudios de Ciencias en la Universidad. Pero al mismo tiempo sentí la llamada de las Humanidades. Y empecé a estudiar al mismo tiempo en la Facultad de Ciencias y en la de Filosofía y Letras, y descubrí entonces que mi vocación, más que afición, mi verdadera vocación irrenunciable, era las Humanidades, concretamente su forma filosófica, inseparable de la Historia y de la Literatura. Y a esto he dedicado mi vida, con resultados muy modestos, pero con una dedicación total, ya muy larga, en circunstancias casi siempre difíciles pero que no justifican el desaliento.

recuerdos de Julián marías

23.12.06
SAN JULIÁN MARÍAS

San Julián Marías

ENRIQUE GONZÁLEZ FERNÁNDEZ
(Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación)

Permítaseme. No soy el único en llamarlo así; coincidimos en ello bastantes personas. Cuando yo se lo decía, él reía, no le sentaba bien, me pedía que no dijera tonterías. Añadía que él no era partidario de beatificaciones y canonizaciones; “Dios lleva la cuenta”, afirmaba. Pero —medio en broma, medio en serio— yo intentaba explicarle que cuando se declara la santidad de una persona es en beneficio de los que quedamos aquí, para que nos veamos alentados por ella e impulsados a imitar sus virtudes heroicas.

Que las virtudes de Julián Marías han sido heroicas consta para muchos. No solamente la paciencia que tuvo al sobrellevar con buen ánimo la larga y penosísima enfermedad que tanto le hizo sufrir en los seis últimos años de su vida en este mundo. También se aprecian esas virtudes leyendo sus memorias, Una vida presente, que prestan valiosísima ayuda a quienes se asoman a ellas. Yo le repetía una y otra vez que con ellas ocurre un fenómeno parecido al que se extrae de la lectura de vidas de santos, género literario que educa, guía, edifica, acompaña confortando al espíritu humano, deseoso de encontrar modelos de conducta digna y ejemplar en medio de las dificultades de este mundo.

Y esas dificultades de Marías han sido enormes. Por ejemplo, a pesar de las persecuciones, de las campañas en su contra y de los malos ejemplos de poderosos eclesiásticos —que para otra persona, menos heroica, con menor valor, hubieran traído como consecuencia el alejamiento de la fe—, él resistió a todo ello. “Que se vayan ellos”, era su dignísima fórmula. Yo escribí un artículo sobre esta cuestión titulado El valor de la fe, publicado en esta revista el año 1998, y Julián Marías me comentaba que algunas personas, al leerlo, le decían cómo se asombraban de la cantidad de faenas que le habían hecho.

Desde mi adolescencia quise conocer a Julián Marías. Me sentía atraído por sus inteligentísimos artículos. Siendo casi un niño, su persona me parecía inaccesible. A mis dieciséis años había leído y subrayado concienzudamente su Introducción a la Filosofía. Tenía que esperar. Dos años después ingresé en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense. Me dolía que allí no se estudiara ni a Marías ni a Ortega. En mis trabajos aprovechaba para citar y exponer la filosofía y la obra, sobre todo, de Julián Marías.

Mi intuición no suele fallarme. El 31 de octubre de 1982 llegaba Juan Pablo II a Madrid. En directo, por televisión, seguí el discurso de bienvenida que el Rey dirigía al Papa. Tan bien conocía yo entonces el pensamiento de Julián Marías, tan familiarizado estaba con él, que pensé que él mismo había redactado esas palabras del Monarca. Pasaron los años; cuando ya era amigo de Julián Marías se lo pregunté y me contestó que sí, que Don Juan Carlos se lo había pedido, y que había sido muy curioso ponerse en el papel de redactar un discurso que iba a pronunciar un Rey para recibir a un Papa por primera vez en España. Le comenté que yo estaba convencido de que él había preparado otros discursos reales. Así fue: cuando Su Majestad fue investido doctor honoris causa en la Universidad de San Marcos, de Lima, y al recibir el Premio Carlomagno en Aquisgrán.

Me fue difícil acceder a él. Conseguí, en la guía telefónica, su número. Alguna vez lo llamé, casi tembloroso por la emoción, pero siempre me decía que estaba muy atareado o en vísperas de algún viaje. Por no molestar, desistí. Seguí admirándolo en la distancia, disfrutando de sus artículos, con la pena de no poder aproximarme personalmente a él. Lo comprendía, porque entonces Julián Marías estaba, quizá, en el periodo de más éxito, de mayor popularidad, muy atareado con sus conferencias, cursos, viajes, libros, artículos. Cuando publicó, el año 1983, Una visión antropológica del aborto, yo tenía 21 años y estaba en tercero de carrera. Al poco tiempo, en una sesión de la Real Academia Española, un domingo por la tarde, el 13 de marzo, asistí a la recepción de un nuevo académico, como solía hacer junto a mi gran amigo Julián Cortés-Cavanillas, que me proporcionaba la invitación. Delante de nosotros se habían sentado Tina y Odón Alonso. Yo esperaba con ansia el final de aquella sesión para poder acercarme al estrado y saludar a Julián Marías. Así lo hice; el motivo era felicitarlo por ese artículo. Me dio las gracias desde arriba, era imposible que yo subiera, y tenía prisa porque debía marcharse con José Luis Pinillos, ambos vestidos con el elegante frac académico. Otro tropiezo de mi mala suerte.

Terminé la carrera de Filosofía en 1985. Luego ingresé en el Seminario de Toledo, donde estudié Teología y a la vez fui profesor. Recuerdo que en los ratos libres devoraba España inteligible, libro recién publicado. Como no podía seguir recortando sus artículos de periódico, los fotocopiaba. El año 1989 le envié la tarjeta con el anuncio de mi ordenación, sin esperanza de que me contestara. Al poco tiempo fui enviado a Roma. En un año hice otra licenciatura, y en la tesina lo cité profusamente. En 1990, cuando me comunicaron que debía continuar con el doctorado, me decidí a escribirle diciéndole que estaba preparando una tesis en que iba a exponer parte de su pensamiento; que acababa de leer el primer tomo de sus memorias, emocionado por lo que contaba de la muerte de su hijo Julianín, y que me gustaría poder hablar con él para que me orientara.

Por fin me contestó con una carta. Tras una llamada telefónica, me citó para ir a su casa el 30 de julio de 1990, y a las cuatro de la tarde. Después de tantos años, no podía creérmelo. Me recibió con toda cordialidad. Fue la primera de nuestras conversaciones, sentados, los dos en aquel sofá azul, junto a la preciosa copia de La Anunciación, de Fray Angélico, cuadro que para mí significaba muchísimo desde 1985. Se levantó varias veces para ofrecerme diversos libros que podrían ayudarme. Fue sumamente amable. A partir de entonces se inició una profunda amistad.

Yo no me sentía merecedor de esa amistad, de su interés por mí, de su exquisita educación y elegancia, de la esperanza que depositaba en mi modesta persona, de la atención que me prestaba, de la bondadosa mirada con sus ojos fijos en los míos, como si adivinara quién soy yo, como si me conociera mejor que yo mismo. Hacía lo mismo con toda persona de buena voluntad que lo visitara. En cierto momento se quitó sus gafas para leer algo y, al volver a mirarme para comentarlo, me di cuenta de que sus ojos eran azules. Sin esas gafas, sin esos cristales, sus ojos aparecían mucho más inteligentes, bondadosos, perspicaces, más serenos, más alegres. Como Ortega, también él era “amigo de mirar”. No se le escapaba nada. Yo me sentía radiografiado por esos ojos, aunque solamente podía ver por el izquierdo. En los últimos años se quitó definitivamente las gafas porque llegó a ver mejor sin ellas. Su mirada era única. La echo tanto de menos...

Su confianza en las personas dependía de lo que veía en sus rostros. Aseguraba que en la cara se adivinaba la bondad o la maldad de alguien. Siempre se movió, para el sumo arte que llamaba de “distinguir personas”, guiado y fiado por lo que le revelaban sus rostros, que para él no podían engañar, porque eran inconfundibles ante su atenta mirada, potente como un foco, como una lupa.

Le llevaba libros suyos para que me los dedicara. Yo me asombraba de que él encontrara tiempo para recibirme, aunque siempre me citaba, incluso en pleno verano, a las cuatro de la tarde. Respondía atento a mis cartas desde Roma. Le complació mi tesis doctoral, que obtuvo la máxima calificación, y que le envié desde allí. Por cierto, yo presagiaba entonces que las cosas para mí iban a ponerse mal, porque en Toledo no se hizo ninguna mención de mi tesis, a pesar del brillante acto en que la defendí en Roma, y como no se dijo ni media palabra de ella donde debía hacerse, mis antiguos alumnos pensaban que quizá habría suspendido. Pero yo no le daba importancia, consideraba que era un despiste, un error disculpable, me parecía inverosímil tanta maldad de alguna mano negra dirigida contra mi insignificante persona, como así estaba ocurriendo en realidad.

Cuando Julián Marías viajó a Roma para las sesiones del Pontificio Consejo de Cultura, me llamó para que fuera a visitarlo en su hotel. Pasado el tiempo me pidió acompañar, en su visita a la Ciudad Eterna, a Mari Presen de la Nuez y a su familia.

Volví a España en 1992. Puso mucho empeño en que, desde Toledo, me desplazara a Madrid, junto a Antonio Hernández-Sonseca, para asistir a su curso de los miércoles, organizado por el Colegio Libre de Eméritos. Lo hacíamos, corriendo a veces peligro, en mi destartalado automóvil de tercera mano, saliendo de Toledo a las tres de la tarde y regresando, tras la conferencia, por la noche, que en invierno sobre todo suponía mayor riesgo.

En sus cartas, Julián Marías me preguntaba por el ambiente humano que encontré en aquella residencia de Toledo. No me atreví a comentarle lo que temía que se me venía encima. El mes de julio siguiente, sentados en el sofá de su casa, se dio cuenta de mi situación tan delicada y preocupante. Hizo todo lo que estaba en sus manos para salvarme. Escribió cartas, sin éxito, a dos cardenales. Entendía perfectamente lo que me estaban haciendo porque él sufrió un caso similar con la traición de ese amigo que lo denunció mediante la calumnia. Me decía que mi caso era parecido y que también se explicaba por la envidia.

Vine a Madrid, sin empleo, sin sueldo, sin nada. Aterrorizado. Él procuraba distraerme por todos los medios. Me llamaba frecuentemente por teléfono para invitarme a su casa. Me daba conversación. Me invitaba a cenar. Me empujaba a escribir y a leer. Me llamaba para ir al cine, a la primera sesión de la tarde. Pedía la fila diez. Vi con él muchísimas películas, de cuyas impresiones me hablaba y cuyas crónicas aparecían publicadas más tarde. Me leía, cada semana, los originales de sus artículos, las terceras de ABC, perfectamente mecanografiados, lo cual para mí —después de tantos años leyéndolos con admiración en el periódico y conservándolos— era un inmenso privilegio que aligeraba algo mi dificilísima situación.

Tuve que ir a vivir a Sevilla, a una barriada muy pobre, entre fábricas, al lado de una estación de tren abandonada, casi en una chabola, porque era lo único que podía hacer. Allí recibía cada semana una o dos cartas suyas. Aunque yo no le dije nada de mi situación tan precaria, se dio cuenta de ella. Al cabo de cuatro meses tuve que volver a Madrid porque ya no había trabajo allí.

De vuelta a Madrid, mi situación no llegó a desesperarme porque contaba con su amistad y sus atenciones. Volví a leer sus memorias, porque comparaba sus dificultades con las mías, y de eso obtenía algo de consuelo. Entre las tinieblas, él era como el sol, luminoso y cálido. Seguimos yendo al cine, que para él tiene una función de alegrar el corazón, dilatar el horizonte de la vida, de dar fuerza para sobrellevar la pesadumbre de ella. El que entra en un cine —decía— deja a la puerta, como se deja el paraguas, su vida real, con sus preocupaciones, y entra en una historia ficticia, en otras vidas, y durante hora y media deja en suspenso sus pesadumbres; cuando termina la proyección las recoge y se vuelve a casa, pero ha descansado y tiene quizá más fuerza para seguir adelante. Estoy convencido de que su acentuada afición cinematográfica procedía muy principalmente de ese alivio que le proporcionaba. Y a mí —que hasta entonces no le tuve verdadera afición— me llamaba “compañero de cine”.

Recuerdo que una vez, a esas horas después del almuerzo, nos dormimos los dos en el patio de butacas. Pero su crónica de cine fue tan aguda como siempre. Regresábamos a su casa en taxi, en metro o caminando. Como le estaba empezando a costar fatiga caminar, lo cogía del brazo. E gualmente dentro del cine al atravesar la sala a oscuras, para que no tropezara, hasta llegar los dos a la fila diez.

Tenía un gran sentido del humor. Nos reíamos bastante juntos. Procuraba hacerme reír, divertirme para aliviar penas. Lo conseguía. Muchas veces tenía que reprimir sus gracias y ocurrencias, al hablar y al escribir, para que no se sintiera herida alguna persona.

Otra vez me pidió llevarlo a Segovia porque tenía que dar allí una conferencia sobre su libro recién publicado Mapa del mundo personal. Era pleno invierno y el pronóstico meteorológico inquietaba. Las carreteras estaban llenas de nieve. Le advertí del peligro que corríamos con ese viejísimo y desvencijado coche que yo tenía. Pero él dijo que no había por qué preocuparse. Fue milagroso que no nos pasara nada, sobre todo al regresar a Madrid después de cenar. Todavía no me puedo explicar por qué el coche no resbaló nunca con tanto hielo, que no fallara entre tanta niebla, que no pereciéramos ante tanto frío que entraba por todos lados. Al poco tiempo me quedé sin automóvil. El coche lo proporcionó más adelante Alejandro Abad, también Ernesto Quílez, para conducirlo a sus conferencias en el Cuartel del Conde Duque.

Diferente fue el viaje que hicimos unos meses antes a Yepes, donde nos habían invitado a almorzar Antonio Hernández-Sonseca y su familia: en pleno verano, con un calor espantoso. Parecía que nos deshidratábamos dentro del coche, pero él vestía traje y corbata. En realidad, en su propia casa siempre vestía así. En verano, eso sí, vestía camisa de manga corta sin corbata. Pero para hacer un viaje como el anterior, para complacer a nuestros anfitriones, se puso aquella vez su traje claro.

Él procuraba, de nuevo, distraerme leyéndome sus artículos antes de enviarlos al periódico, diciéndome que las cosas se iban a solucionar porque la verdad, tarde o temprano, se impone por sí misma. Al cabo de un tiempo pudo hacer una gestión, que dio resultado y con la cual salvó mi vida. Como puede comprenderse, le estoy agradecido para siempre.

Pero sin embargo él —me dijo— no consiguió todo lo que había esperado de esa gestión, que todavía la verdad no se había impuesto completamente, que aún no se me había hecho justicia. Yo le contestaba siempre que era igual, que para mí bastaba, que yo había pasado de la desgracia a tenerlo todo, y que siempre pedía a Dios que le pagara por su preciosa ayuda. Realmente hizo un verdadero milagro porque mi situación era un callejón sin salida, imposible de resolver, y yo, resignado, me había hecho ya a esa idea. Si para una beatificación hace falta un milagro, he ahí uno realizado en vida.

Desde entonces quiso que fuera a cenar con él, a su casa, todas las noches. No pude hacerlo, debido a mis obligaciones, sino solamente unos cuantos días a la semana. A la mesa también destacaba por su caballerosidad, sus buenos modales, su conversación elegante. Se sabía de memoria mi número de teléfono. Tan acostumbrado estoy a sus llamadas telefónicas —a última hora de la tarde para ir a cenar, a primera hora para ir al cine—, que cuando suena el teléfono, incluso ahora, me parece que voy a escuchar su inconfundible voz: —¿Enrique?

Él dormía mal; muchas veces pasaba las noches sin conciliar el sueño. Decía que estando así, en posición horizontal, por la noche, a oscuras, hay menos defensas y le llegaban pensamientos o recuerdos particularmente irritantes. A pesar de esas noches tan malas, por la mañana, tras su baño, se encontraba restablecido y volvía fresco a la vida normal, a su trabajo. Por higiene mental, aconsejaba no pensar en los “infernadores”, en esas personas que a él, a mí, a casi todos nos han hecho el mal.

Algunas veces me contaba los sueños que había tenido. Soñaba mucho con Lolita, a la que tenía presente permanentemente. Resultaba conmovedor cómo la echaba de menos, cuánto la quería, cómo le era siempre fiel. Decía que cambiaba todo con tal de volver a estar con ella aunque fuera viviendo tan pobremente como los primeros años de matrimonio, cuando no tenían nada y había que inventar muchas cosas para poder llegar a fin de mes (cada mes tenía para ellos varios fines). Y se lamentaba de cómo, desde que murió, su situación económica era mejor, y que le hubiera gustado tanto compartirla con ella, máxime teniendo en cuenta esas penurias del principio.

En 1997 me encomendó la tarea de preparar y ordenar sus últimos artículos, tantos que en el acto de presentación del libro resultante —dos volúmenes titulados El curso del tiempo— dijo con generosas y agradecidas palabras que mi trabajo había consistido en “hacer cosmos de un caos”. En el prólogo escribió: “En la preparación y ordenación de este libro ha sido inapreciable la ayuda de mi amigo Enrique González Fernández, a quien quiero expresar mi profundo agradecimiento”. Y dijo en el prólogo que hizo para mi libro La belleza de Cristo que yo era desde hacía bastantes años uno de sus mejores amigos. Se movió mucho para que hicieran una recensión de este libro en un semanario eclesiástico, porque no decían nada. Eso me compensaba de todo.

Durante aquellos veranos se quedaba en Madrid. Como yo tampoco salía, en mis vacaciones me invitaba a almorzar y cenar. Charlábamos todo el día, veíamos alguna película en su televisor, o me pedía ordenar sus papeles y libros. Acabábamos con las manos completamente negras. Me pedía clasificar sus cartas de tantos años; había algunas para romper y tirar, pero sus instrucciones sobre otras eran conservarlas en cajas —según procedieran de España o del extranjero— porque daba a sus remitentes la calidad de buenas personas.

Eso era para él lo más importante que había que esforzarse por ser en la vida: buena persona. Una vez me dijo que, recapitulando su vida, estaba seguro de no haber hecho nunca mal a nadie, que muchas veces había preferido “pasar por un primo” antes que dejar a alguien humillado o perjudicarle lo más mínimo. Incluso asumiendo ese riesgo con tal de ayudar a quien podía. “Por mí que no quede”, era su lema, y lo llevaba a la práctica para hacer el bien a los demás.
Disfrutaba esforzándose por conseguir ese fin, hablando bien a una persona de otra ausente, disculpando siempre los defectos ajenos, haciendo que sus amigos, entre nosotros, nos hicieramos también amigos. Tenía una capacidad asombrosa de hacer amigos de todas las edades, a todas las alturas de la vida, de prestar atención a sus vidas tan personales, de conseguir extender esas amistades mutuas.

No tenía “corteza”. Su ánimo era joven. A diferencia de otros viejos, él no había perdido elasticidad vital, sensibilidad y capacidad de proyección. Decía que la mayoría de las personas de su edad, por retracción, se rodeaban de esa corteza de los árboles viejos para disminuir su vulnerabilidad.

Su bondad, como su inteligencia, parecía no tener límites. Él hablaba de las raíces morales de la inteligencia. Para él, si una persona es buena, es, por tanto, inteligente. Los malos pueden ser listos, pero no inteligentes. Asombraba su capacidad de comprensión, enseguida, de todo. Creo que el mundo ha perdido a la persona más inteligente que tenía. Hablaba como si estuviera leyendo, sin que le sobrara o faltara una sola coma. Su memoria era prodigiosa (hasta que le empezó a fallar los dos últimos años, algo que también le hacía sufrir). Resultaba perfecto en sus conferencias, dadas sin papeles. Y escribía mejor que nadie. Sólo por esto hubiera merecido el Premio Cervantes, pero los premios y él —afirmaba— eran incompatibles. Las instituciones no se portaron bien con él. Cuando las Universidades concedían doctorados honoris causa a mansalva, a él lo olvidaron. Por eso se negó a aceptar últimamente un doctorado que le ofreció la Universidad de Valladolid, no por desconsideración a ella; y para que no se viera así me esforcé lo que pude para convencerlo que aceptara, pero siempre se negaba cuando lo llamaban por teléfono.

Guardaba los secretos escrupulosamente, como un confesor. Y lo que no eran secretos también. Por ejemplo, nunca, ni siquiera a sus hijos cuando le preguntaban, decía lo que el Rey y él habían hablado después de una audiencia. Aseguraba que la razón histórica justificaba la Monarquía en España.

Su pasión y veneración por la verdad eran de todos conocidas. Desde que de niño hizo la promesa de no mentir nunca, cumplió esto a rajatabla. Por no mentir hubiera estado dispuesto a dejarse cortar un brazo.

Me pidió ordenar unos artículos suyos para publicarlos en un libro que quería titular Concordia sin acuerdo. Un día se los llevé con un índice y me hizo pasar al comedor para clasificarlos y consultarme nombres para dar a las tres partes de la obra. Al extender los artículos sobre la mesa del comedor, recordaba que a Ortega le parecía ese tipo de mueble muy útil. Aprovechaba para citar frecuentemente a Ortega, tal era la admiración y el cariño que siempre le profesó. Otros hubieran hecho una filosofía teniéndose a sí mismos como centros y geniales protagonistas, pero Marías quiso en todo momento enaltecer a Ortega, mostrar su vigencia, su genialidad y originalidad, enseñar que partía de él, que procedía de su filosofía. Y esto teniendo en cuenta la máxima importancia de la filosofía de Julián Marías; estoy convencido de que es uno de los mayores filósofos de la historia (para mí el mejor). Cuando yo le hablaba de su superioridad sobre Ortega se enfadaba, no lo podía aceptar, decía que era justamente al revés.

Me atrevo a decir que Marías ha partido de Ortega paralelamente a como en el siglo XIII Tomás de Aquino se sirviera de Aristóteles, a quien llamaba, por antonomasia y con mayúscula, el Filósofo (Philosophus). A su modo, también Santo Tomás completó a Aristóteles consigo mismo y le dio sus propias posibilidades a pesar de la enorme distancia —cultural, temporal y espacial— que lo separaba de él. Por no hablar de la distancia lingüística, porque Santo Tomás no leyó directamente a Aristóteles, sino las traducciones hechas al latín por Guillermo de Moerbeke. La empresa de Marías respecto de Ortega ha sido mucho más asequible y razonable. Como sobre estos dos, asimismo podemos afirmar que Santo Tomás es inexplicable sin Aristóteles e irreductible a Aristóteles.

Presumía de no haber ido nunca al dentista, de conservar todos sus dientes. Pero hace unos diez años, en Buenos Aires, se le cayó un diente. Al volver a Madrid se lo noté, y como tenía que dar una conferencia al día siguiente, lo llevé a mi padre para que se lo arreglara enseguida. Posteriormente tuvo que seguir acudiendo donde mi padre para otros reparos. Las últimas veces nos llevaba Alejandro Abad en su coche, y juntos lo ayudábamos a caminar. Después, como ya no podíamos con él, era mi padre el que se desplazaba hasta su casa para arreglarle los dientes.
En la primavera del año 2000 tuvo su primer problema de salud, que siempre había sido excelente. Acostumbraba a tomar un baño al levantarse. Debió de sufrir un infarto en la bañera. Estuvo allí, sentado, sin poderse levantar, cerca de una hora, hasta que llegó su fiel Angelines, como cada día, para preparar la comida. Luego fue ingresado en la clínica. Una tarde me llamó desde ella para que le hiciera compañía aquella noche. Dormí —casi nada— en la cama supletoria; él, en cambio, tuvo un plácido sueño. Me dijo que hacía mucho tiempo que no dormía tan bien. “Incomparablemente”, me contestó cuando le pregunté por la mañana. Tras ayudarlo a asearse y a afeitarse, tuve que irme. Sobre su mesilla tenía varios ejemplares de La perspectiva cristiana, libro del que se encontraba muy satisfecho y que regalaba a quienes lo visitaban. Su original mecanografiado me lo había leído, al igual que otros libros.

Cuando regresó a casa también me llamó para que la primera noche le hiciera compañía. Salió de la clínica peor de como había entrado, y con una sonda que desembocaba en una bolsa que colgaba de un aparato con ruedas. Debía ir a todas partes con ella. Apenas podía moverse. Era una situación angustiosa. Tras la cena, lo ayudé a acostarse. Era penoso cómo hasta en la cama tenía que estar con aquella bolsa. Dormí como pude —y cogí unas buenas anginas porque entraba viento frío por la ventana situada a mi cabecera— en la que había sido la habitación de su hijo Javier. Durante la noche me llamó para darle agua, cambiarle de postura o conducirlo al servicio. No salía de sus labios ni una sola queja. Ya no podía vivir solo, y hubo que contratar a Elsa.

Él siempre había estado satisfecho de su soledad, de no tener que dar la lata ni causar molestias a nadie. Empezaba a cambiar todo, con su consiguiente preocupación, pero jamás protestaba ni perdía su calma. No le gustaba nada el “pataleo”. Cuando algo le dolía, decía que no había que quejarse porque, aparte de no servir para nada, añadía mayor dolor.

Al principio de su deterioro físico conmovía verlo caminar por el pasillo agarrándose a las estanterías repletas de libros. Sonreía. Más tarde había que sujetarlo. Finalmente vino la silla de ruedas, que al principio no quería ni que se mencionara. Varias veces tuvo que ser hospitalizado. Pero lo asombroso es que, dándose perfectamente cuenta de que aquello iba de mal en peor, seguía sin perder la calma, sin quejarse, haciendo bromas, permaneciendo atento a sus amigos. Es verdad que la medicación era fuerte, pero yo creo que todo lo aguantó con paciente resignación. Julián Marías sufrió indeciblemente durante los últimos años de su vida en este mundo. Más que los dolores, que soportaba con tanta paciencia, lo que de verdad resultaba penoso para él era no poder seguir leyendo y escribiendo. Antes de su operación de cataratas, que al final no dio resultado, le regalé un transistor para que pudiese escuchar la radio. Al principio, como hacía con mis regalos (así con la almohadilla eléctrica que le llevé, aunque luego la utilizó mucho), no lo quiso, pero después se aficionó tanto a él que casi siempre, cuando estaba solo, lo ponía junto al oído. Así sucedió hasta poco antes de morir.

Desde el año 2000, y durante cerca de un lustro, me dictaba sus artículos, con esa atrayente y elegante voz que todavía parece resonar en mis oídos. Al principio me los dictaba en su despacho: él se sentaba enfrente y yo a la mesa, en su máquina de escribir, con la que él había escrito tantos miles de páginas. Cuando la máquina se estropeó, Alejandro Abad tuvo la amabilidad de llevarle su ordenador portátil e impresora.

Yo llegaba a su casa los lunes por la mañana. Sentado en su butaca del salón —ya no utilizaba el sofá azul—, me hablaba con ilusión de lo que había pensado para escribir el artículo semanal. “¿Qué te parece?”. A mí me parecía —cómo no— todo excelente. Me preguntaba por un posible título. Después lo ayudaba a levantarse, a caminar por el pasillo hasta su despacho y a sentarse. Luego me dictaba. Tras cada párrafo me preguntaba sobre mi parecer y si se entendía bien. Hacía comentarios. Finalmente le imprimía los tres folios, se los doblaba, los introducía en un sobre donde le escribía “ABC (Colaboraciones)” y se lo dejaba en el portal a la espera del mensajero que iba a recogerlo. Pasado el tiempo, como ya le costaba mucho caminar, y a veces los dolores de piernas eran horribles, me dictaba directamente en el salón.

También le leía la correspondencia que recibía. Me dictaba las cartas de contestación, que le imprimía en una hoja con el membrete de la Real Academia Española. Les ponía el sello y se las echaba al buzón.

Desde la publicación de El curso del tiempo me daba las pruebas de imprenta de sus libros y trabajos a fin de que las corrigiera. Para mí era una alegría muy grande poder servirle y pagarle así un poco lo mucho que le debía.

También me pidió ordenar sus artículos publicados desde 1997 hasta 2001, que forman el libro Entre dos siglos, cuyo prólogo me dictó al igual que las dos terceras partes de que se compone, y quiso que tuviera un apartado dedicado a las personas, que para él son la realidad más importante de este mundo. Porque ha sido el filósofo que más y mejor ha pensado sobre la persona humana. Durante los últimos años de su vida en la tierra, el deseo más íntimo de Julián Marías era estar con las personas, hablar con ellas, buscar su compañía.

Le importaban verdaderamente las personas. Quería a sus hijos, a sus nueras, a sus nietos, a todos sus amigos. Ha hecho el bien no sólo a quienes hemos estado cerca de él, sino a infinidad de personas que han leído sus escritos, y a todos nos ha enseñado a ser mejores.

Muchas veces le rogué, sin éxito, que me dictara libros que él consideraba todavía tenía que escribir. Pensaba continuar sus memorias con un libro, en otro estilo diferente, titulado Todavía presente. Y escribir el último curso —sólo pudo impartir la mitad— que dio en el Instituto de España: Lirismo y prosaísmo. Tampoco tuvo éxito mi insistencia en que siguiera dictándome artículos. Ni en que me dictara otros cursos para libros, ayudándonos de transcripciones. Ni en hacer un trabajo que le propuse de parte de Leticia Escardó. Con gracia decía que él ya tenía fecha de caducidad. Sentado, se dormía fácilmente y ya no podía prácticamente dictar con la misma fluidez de antes.
A finales de 2004 le llevé a Julián Marías la colección de sus últimos artículos, ordenados cronológicamente y con un índice de los mismos. Como él, debido a su enfermedad, no se animaba a ponerse en contacto con la editorial para publicar esos últimos artículos, tuve que hacer alguna gestión, con Olga Cubillo, y al final pidieron un título para el libro resultante y un prólogo. Quise que él eligiera el título. Para ello le leí varias veces la relación de los artículos, por si algún título de ellos pudiera poner nombre al libro que se iba a publicar. Al final eligió La fuerza de la razón, título de uno publicado el 3 de junio de 2003. Así quedó por fin compuesto el último libro de Julián Marías, que se publicaría a comienzos del verano de 2005.

Su prólogo fue lo último que me dictó, lo penúltimo que dictó porque lo último se lo dictó a Francesco de Nigris —que tanta compañía le dio durante los últimos años—como prólogo a su libro Libertad y método. El liberalismo desde la perspectiva personal de Ortega y Marías.

Tan creyente en la inmortalidad y en la resurrección, no le gustaba que se hablara en pretérito de las personas que ahora, con él, viven esa vida perdurable que tan bien imaginó y que tanto deseó. Solía llevarle la Comunión, se la daba en latín, y en esa lengua rezábamos las oraciones, porque a él le agradaba. Le administré en dos o tres ocasiones la Unción. Él había estado cuatro veces en Jerusalén. La primera, muy joven, en 1933, y en el Santo Sepulcro su plegaria fue: “Dios mío, dame una vida intensa y llena de sentido cristiano”. Me animó mucho a ir cuando me ofrecieron, casi me obligaron —y hasta me mandaron—, hacer esa visita. Por todas partes me acordaba de él. Sobre todo en la Basílica de la Anunciación, escenario de lo que representa la copia del cuadro de Fray Angélico, primer mueble y centro de su hogar. Allí, la mañana del 15 de diciembre de 2005, su nuera Consuelo me llamaba por teléfono para comunicarme la noticia de su muerte, su llegada a la Jerusalén celestial. Si hubiera yo estado entonces en Madrid, quizá no lo habría podido soportar. Fue providencial.

Es verdad que ya se encontraba muy enfermo y con terribles dolores. No podía seguir viviendo así en este mundo. Como él decía, ahora su amor a Dios intensifica su realidad de tal manera que se multiplica su amor a las criaturas, más amadas y más interesantes que antes, precisamente porque está rebosante del amor de Dios y de su amor a él, en presencia, cuyo valor es intensificador. Desde Dios ama más que nunca, en forma de posesión plena, a las personas amadas.

Aunque nuestro sentimiento de orfandad, el de tantos amigos de Marías, es muy acentuado y nos encontramos como desamparados, sin la compañía de aquel que tanto ha hecho por nosotros, que tanto nos ha ayudado, defendido y consolado, confiamos que ahora, y con más eficacia, lo seguirá haciendo. De hecho, lo hace, como atestiguan muchos amigos comunes que hablan, también, de esa santidad, y de que en la vida perdurable no para de organizar empresas a fin de favorecernos, siempre fiel a su lema “por mí que no quede”.

las dos formas de convivencia, compañia o rivalidad

"Hoy vamos a hablar de las dos formas de convivencia y de cómo en ellas hay esas dos posibilidades que consideramos en este curso: el lirismo y el prosaísmo. El punto de partida, naturalmente, es que el hombre es forzosamente conviviente –la convivencia es una condición intrínseca del hombre. Recuerden ustedes el texto del Génesis –la creación de la mujer– “no es bueno que el hombre esté solo”. Y aparece la mujer como compañía, es decir, Adán ha quedado solo muy poco tiempo, de modo que enseguida tuvo la compañera: Eva.

Y esto es la condición misma de la vida humana. Ha habido una famosa expresión: Vae soli, ¡Ay del solo!, ¡Ay del que está solo! La soledad –la soledad que es valiosa, la soledad que es preciosa– la soledad es la retracción de la compañía, es decir, uno se queda solo de alguien, solo de los demás y, por consiguiente, la soledad es secundaria, respecto de la compañía, que es primaria.

Se puede, naturalmente, tener una visión negativa de la compañía. Piensen ustedes en la famosa frase, muy popular y conocida, de Hobbes: homo homini lupus – “el hombre es un lobo para el hombre”. Yo pienso, más bien, que homo homini agnus – más bien resulta que “el hombre es un cordero para el hombre”. Hay una actitud también, que me pareció muy negativa, de dependencia, de subordinación, de entrega... del hombre como cordero al supuesto lobo. Quizá la fórmula más negativa de todas es la de Sartre: l’enfer, c’est les autres – “el inferno son los otros”. Es la interpretación más general, más negativa de la compañía y, en definitiva, de toda compañía. Creo que es un profundo error y Sartre lo dijo.

Como ven ustedes, es un problema que forma parte de la condición esencial del hombre. Hay un texto de Aristóteles que dice que el hombre no puede estar solo; para la soledad se necesita ser o más o menos que hombre: o una bestia o un dios. ¡Pero hombre, no! En la doble definición de Aristóteles, el hombre es, por una parte, animal que habla, animal parlante, locuaz, que suele traducirse por animal racional, y, por otra parte, tenemos exactamente lo mismo, zóon politikón, o sea, animal social, propiamente es el animal que se ve en la polis, en la ciudad.

Encontramos la referencia a la convivencia como algo esencial. Pero ya hemos tocado las dos posibilidades: una negativa y otra positiva. El hecho es que el hombre nace de padre y madre –nace de otras personas– y es esencialmente dependiente. Hay un hecho fundamental que es que el hombre nace de una manera totalmente menesterosa. El hombre simplemente no puede vivir solo porque necesita los cuidados de los mayores, de los padres en principio (o de alguien que haga sus veces...), empezando por la alimentación... Un niño recién-nacido no puede subsistir, muere... abandonado sin cuidados, muere. Incluso esto se prolonga durante bastante tiempo.

Resulta aleccionador cuando se ve el nacimiento de un animal, por ejemplo, cuando se ve un potrillo o un carnero o un cordero, inmediatamente se ponen sobre sus cuatro patas, empiezan a tener una vida relativamente independiente. Sí, maman, son mamíferos, pero en definitiva, desde, a veces, los primeros minutos, pero en todo caso, desde los primeros días, tienen una cierta autonomía, una relativa independencia. El hombre, en cambio, no. El hombre, durante años, no puede vivir por su cuenta, no puede vivir solo, ¡en absoluto! Esto parece una tremenda limitación y, en cierto sentido, claro, lo es. Al mismo tiempo, es la condición de la realidad humana: esa dependencia, esa forzosa, inevitable convivencia. Resulta que tiene que convivir de un modo constante, absolutamente ineludible, por lo menos por un par de años, en que va recibiendo la transmisión de la realidad de los mayores, de los padres y de otras personas, lo cual hace que sea rigurosamente heredero. Los animales, no. Los animales no son herederos. El animal es siempre un primero animal, reproduce la forma correspondiente a su especie. El hombre, no. El hombre recibe una herencia, es forzosamente depositario de lo que son los mayores que le transmiten no solamente lo necesario para vivir, para la subsistencia, sino, además, la lengua – el hombre es animal locuaz, es animal parlante. Él recibe no solamente el lenguaje, sino una lengua.

Hay tres grados, lo he dicho hace ya mucho tiempo, en La Antropología Metafísica – hay muchos “decires” que no son lenguaje, son formas de decir –, hay concretamente el decir humano primario más importante que es el lenguaje, que pertenece no ya a la mera condición humana sino a la estructura empírica de la vida humana, que tiene lengua, es decir, el músculo dentro de la boca..., y eso le permite tener lenguaje, forma de definir, articular, eso es enormemente importante...

Pero además hay lenguas, hay muchas lenguas, innumerables lenguas (este es un fenómeno no explicado y yo tengo la impresión de que hay una especie de renuncia a explicarlo). Como he dicho el hombre es un animal locuaz o locuente, pero, evidentemente se habla en una lengua particular, una lengua desde una cierta comunidad, que puede ser muy grande – como en el caso de lo que llamamos las lenguas universales... Ha habido muchos millares de lenguas, todavía existen varios miles de lenguas, parece que cuatro o cinco mil..., lo cual da ya un carácter histórico-social, no pertenece a la condición humana como tal, ni siquiera a la estructura empírica de la vida humana, a la cual pertenece el lenguaje –, la lengua ya está en un tercer nivel: histórico-social. El niño recibe no solamente el lenguaje, no solamente la capacidad de hablar; él recibe una lengua determinada que le es transmitida en principio por los padres, que son una comunidad dentro de la cual el lenguaje existe en forma inteligible. Es evidente que si estoy en una comunidad de una lengua desconocida –en China– soy un bárbaro porque no me entiende nadie.

La condición locuaz, locuente, queda limitada a una cierta forma particular de sociedad, por tanto de convivencia. En todo caso, el niño recibe todo esto: su persona se desarrolla, se actualiza, se manifiesta en una condición... Una convivencia que es personal –y esto es importante– porque se trata de personas como tales: el niño está en trato con personas mayores como tales, es decir, los padres en principio, o si no puede haber los hermanos, abuelos o tíos etc., personas individuales como tales.

Pero hay algo más: la lengua. La lengua no es individual. La lengua es un fenómeno social – es fenómeno colectivo. Una lengua que es la lengua de la comunidad a la cual pertenecen esas personas, que van a ser las que conviven con el niño. Ahora bien, es curioso porque hay una interferencia: se puede pensar en que el hombre individual es solo –un hombre, en cierto modo, en soledad– y hay lo social, lo colectivo, la sociedad como tal. Y yo creo que en esto fue Ortega el que lo dijo con perfecta claridad: vida individual y vida colectiva. ¡Ah, no! No sólo esto porque introdujo un concepto que me parece capital: hay lo individual, hay lo interindividual y lo social. Cuando hay varias personas seguimos en la esfera de lo individual, pero interindividual porque hay varias personas. La convivencia de los amigos, de los amantes, los padres y las madres, la familia en conjunto: todo es interindividual, o sea, se trata de individuos como tales pero son varios.

Pero hay algo distinto que es lo social, lo colectivo. Esto es algo, en cierto modo no directamente personal, no inmediatamente personal. Son los usos: es lo que se hace, es lo que se dice. La lengua es un fenómeno capital, es un fenómeno social y es evidente que la manera de vestir, costumbres, lo que se come y como se come, es evidente que hay ciertas maneras de convivir, que están definidas por factores sociales. De modo que tenemos lo individual, lo interindividual – que es la pluralidad de individuos como tales – y lo social.

Naturalmente, son tres dimensiones necesarias: no se puede sin más hablar de lo individual y lo social. Esta es una tendencia de la sociología en general, que ha dejado fuera esta realidad intermedia en que se conservan los rasgos de la vida individual, que son la comunicación, el tener sentido. La vida individual tiene sentido, la vida interindividual también tiene sentido. La vida colectiva, no. No necesita tenerlo. Los usos no son inteligibles, en principio. Hay que investigarlos, averiguar cómo son. Es evidente que hablamos en España, yo estoy hablando en español y nos entendemos justamente porque no somos ninguno autor de esta lengua; justamente porque no es nuestro, de ninguno de nosotros sino que es algo que nos preexiste, que usamos. Entonces por eso nos entendemos. Ahora bien, cada uno lo usa a su manera, cada uno lo usa con una peculiaridad. El acto de hablar o, digamos, de escribir es un acto personal, es un acto individual. Incluso la voz es variable, nos reconocemos por la voz. Si alguien llama a la puerta y yo pregunto ¿quién es?, es muy frecuente que se conteste: “yo”. ¡“Yo”! No se dice “Fulano de tal”. ¿Por qué? La voz es conocida, se identifica por la voz. Hay un elemento personal y hay naturalmente un estilo de hablar o de escribir que es justamente personal y, por tanto, individual – dentro de un uso general que es el uso lingüístico, que es colectivo.

Los usos, en principio, no son inteligibles. ¿Por qué llamamos a la mesa “mesa”? Tenemos que pensarlo. Bueno, resulta que, en latín, se decía mensa y, por tanto, decimos “mesa”. Decimos “luz” porque, en latín, se decía lux. Decimos “agua” porque, en latín, se decía aqua. Esto es la etimología. Pero ¿por qué los latinos decían lux, mensa y aqua? Habría que buscar la etimología. Son palabras que, tal vez, proceden de los etruscos etc. En principio, no sabemos. La mayor parte de la gente no conoce la etimología de las palabras, ni sabe como se llaman las cosas, no les es inteligible. Los usos, las maneras de vestir, el saludo... no son inteligibles. Es decir que el carácter de inteligibilidad, de justificación, de responsabilidad, todo lo cual es propio de la vida humana, en lo colectivo, no aparece – por lo menos no es forzoso, no es necesario.

Piensen, por tanto, como nos encontramos con el hecho de la convivencia con tres niveles, tres estratos de la convivencia y, naturalmente, esto tiene un carácter, en principio, positivo. El hombre nace en una realidad interpersonal, con vínculos profundos que normalmente son de ayuda, de consuelo, de abrigo, de afecto... Esta es la forma capital de convivencia. Puede haber otras, pero ésta es la normal, la fundamental; con excepciones, si se quiere, pero es la fundamental. Por esto, en definitiva, el hombre vive rodeado de personas. Decimos que el otro, el prójimo, es un alter ego – en realidad, si sopesamos las cosas es al contrario: yo soy un alter tu porque me coloco al tú antes que a mí mismo. El conocimiento de mí mismo es un conocimiento reflejo en definitiva; no es primario. Si me da lo mismo lo que pasa a una persona, no tiene sentido existir, no se vivería como yo. Pero hay el tú, entonces yo – teniendo en cuenta que yo soy un alter tu, otro tú. Hay una relación, digamos, de fraternidad. Fraternidad que tiene un sentido verdadero y pleno si tenemos un padre. Ustedes tomen la tradición cristiana de la fraternidad: dirá que los hombres somos hermanos – sí, somos hermanos porque somos hijos del mismo Padre; si no tenemos un padre común ¿por qué vamos a ser hermanos? La semejanza no es fraternidad – que seamos semejantes, parecidos, no establece un vínculo entre nosotros. La fraternidad, sí. La fraternidad nos hace hermanos, que es capital.

En todo caso, hay la visión positiva de la convivencia, en la cual cada persona tiene que convivir con otras personas, también personas, que son semejantes y además hermanos, son próximos – prójimos, la palabra próximo quiere decir prójimo, el prójimo. En otras lenguas, precisamente en inglés, se emplea la palabra neighbor, vecino. El prójimo es el próximo, el cercano, el vecino, que además es, en la tradición cristiana, hermano porque es hijo del mismo Padre.

Hay que imaginarlo, hay una convivencia, hay un intercambio de palabras, es decir, la intimidad personal. La intimidad de cada uno se expresa, se comunica a los demás, y se recibe la otra intimidad también: hay una relación de reciprocidad, hay relaciones positivas de amistad, de amor y, por consiguiente, esto establece, diríamos, un ambiente, un clima de lirismo de la convivencia. Esto es capital.

Dirán ustedes sí, pero no siempre. Por supuesto, no siempre, porque hay evidentemente relaciones negativas. Puede haberlas. Es evidente que se puede ver al prójimo como un rival. Esto se da en la vida animal también. Es evidente que hay las luchas entre animales. Por ejemplo: las luchas entre machos por disputarse una hembra. El hombre puede considerar que el otro no es compañía, es un estorbo, es un rival, es un enemigo, a quien hay que eliminar, por lo menos dejar fuera de juego, o dominar o sojuzgar. Esta es la forma negativa de la convivencia.

¿Qué significa todo esto? Esto significa todo pronto, una cierta despersonalización. Es evidente que al rival, al estorbo, al que nos disputa las cosas, no lo vemos como persona. ¡Lo que pasa es que lo es! A pesar de todo, lo es. Pero es evidente que se convierte en enemigo, se decía Adversus hostem aeterna auctoritas esto (“por esto eterna autoridad contra el enemigo” – principio consignado en las XII Tablas – N. de la e.) o Vae victis – Ay de los vencidos. No se lo trata como persona. Es alguien a quien hay que dejar fuera de juego, reducir a la impotencia o eliminar –incluso físicamente– con lo cual tenemos una forma de convivencia negativa y que consiste, primariamente, en una despersonalización. No se ve al otro como un alter ego, no es otro yo, no me siento respecto de él como un alter tu, como un otro tú. La relación personal se atenúa o se disipa enteramente. Entonces lo trato como un elemento del cosmos o como una cosa, algo que pierde su carácter propiamente personal. Esto lleva a un tremendo empobrecimiento porque el hombre se crece mediante la convivencia. La convivencia hace con que el hombre adquiera una realidad que va mucho más allá... Es evidente que la relación más general, para usar la palabra más abarcadora, el amor, el hombre en cuanto ama, en cuanto es una criatura amorosa, prolonga su vida más allá de sus límites propios; no es sólo quien es: se enriquece con la vida de los demás, se proyecta en la vida de los demás, la asimila, la hace suya. Esto es la cuestión. Pero cuando se ve al otro hombre como algo hostil, como algo negativo, como un rival, como un enemigo, se deja de considerarlo como persona. Entonces el hombre se recluye en sí mismo, o en un grupo que, en esta medida, también se despersonaliza. Imaginen ustedes cuando se afirma hostilmente, negativamente, de un modo excluyente, un grupo, por ejemplo, el nacionalismo, que no es la condición nacional, que es algo enormemente valioso, no es que uno no se sienta perteneciente precisamente a una comunidad... ¡no, no! Es que se siente excluyente respeto de los demás, se reduce. Es reducir en nosotros, en nosotros inmediatos, en nosotros de la familia, puede haber un nosotros que es la comunidad a la cual uno pertenece por vínculos históricos, vínculos de lengua o vínculos de cualquier tipo. Pero si eso se afirma de una manera excluyente, los demás se convierten en enemigos. Esto produce el mayor empobrecimiento que se puede imaginar.

Fíjense ustedes que hay que evitar otro error posible. Ahora la gente emplea la palabra solidaridad. Por supuesto que se la puede emplear, pero hay palabras que acaban por desvirtuarse y son peligrosas. Porque hay gente que tiene un gran interés por países remotos de los cuales no sabe nada. Hay que hacer cosas benéficas en países de los cuales no tienen la menor idea, que no saben ni donde están. Pero a los prójimos, a los que están al lado – ¡Ah, esto no interesa! No tienen ningún sentimiento favorable ni procuran hacer nada por ellos. Yo muchas veces he pensado que si cada uno intentara hacer algo a las pocas personas que tiene a su lado, el mundo marcharía tan divinamente mejor. ¡Sería asombroso! Hay gente que cuanto más lejos un país, mejor; cuanto menos sabe de un país, más se interesa por él. Pero de un modo abstracto, es decir, no es el próximo, sino el lejano; el lejano desconocido, con lo cual no hay ningún vínculo real. Porque, en definitiva, falta la conciencia de la fraternidad, justificada por la pertenencia a un mismo Padre. Es curioso que cuanto más se habla del otro, del otro extraño, desconocido, más se suele omitir la paternidad, no se piensa en ella.

Como ven ustedes, son formas de empobrecimiento, son formas en que el hombre, lejos de participar, de comunicar con otros, se aísla en su realidad puramente individual, un pequeño núcleo, que puede ser la familia –la familia, a veces, funciona como una forma de egoísmo: lo que interesa es la familia y nada más o la patria–, sin tener ningún vínculo de convivencia con otros. Hay una falta de altruismo real e interés por el otro, el otro concreto, compensado con una especie de falso altruismo, que no tiene contenido y esto engendra prosaísmo: son formas de vida enormemente prosaicas... Mientras que hay un lirismo concreto en la presencia, conocimiento, el goce del hombre concreto... el hombre a quien podemos imaginar, a quien podemos conocer, con quien nos podemos comunicar, con quien intentamos realmente convivir.

Son dos formas enormemente distintas, que tienen como base el fenómeno radical, necesario, inevitable de la convivencia. El hombre convive, quiera o no, mal o bien, en cualquier forma, desde el punto de vista del amor, en el sentido más lato de la palabra, o desde la hostilidad, la enemistad... Las dos cosas son posibles. Pero el problema está en que una de ellas engendra lirismo, emoción, imaginación, se recrean las otras vidas, se las imagina, se las incorpora y en la otra se elimina justamente la condición propiamente personal.

Piensen que hay un concepto que está en el Credo – el Símbolo de los apóstolos: la comunión de los santos. Es curioso: en la medida en que se habla en comunidad – una de las palabras más usadas y más abusadas en nuestro tiempo – rarísima vez se habla de la comunión de los santos, que sería la forma culminante de la convivencia; trasladable incluso a la otra vida... Es sentirse en comunión, en interdependencia, con la esperanza de una convivencia actualizada, la culminación... Es un concepto, diríamos, en que culmina la función, la esperanza, en que la convivencia sea real, sea posible – incluso se la imagina más allá de la muerte. La inversa es la otra forma, la negativa, la hostil, la consideración del otro como rival, la forma de rivalidad es el origen del disputarse las cosas – la rivalidad, evidentemente, ha empezado por la disputa de los bienes materiales: la comida, el fuego, una choza en que albergarse para evitar el frío. Evidentemente el otro es un estorbo y esto se generaliza, se lleva a cosas mucho más complejas, mucho menos directas, a veces no materiales, pero que se afirman con una actitud excluyente.

Creo que la clave es precisamente lo excluyente: la convivencia que se nutre de los demás. Naturalmente la razón de que haya lirismo en un caso - y prosaísmo en el otro - es el uso de la imaginación. Cuando el hombre convive de una manera positiva, imagina al otro. Piensen que al prójimo lo conocemos no sólo perceptivamente, lo conocemos principalmente imaginativamente. Ante una persona a la que tenemos físicamente presente, la vemos, la podemos tocar, la oímos, si habla, sí, todo esto está bien, pero es sólo el punto de partida; lo que hacemos con el prójimo es imaginarlo. La intimidad es inaccesible a la percepción. Partiendo de la percepción visual, o de la percepción auditiva, o de la percepción táctil, podemos imaginar la persona, podemos imaginar su intimidad. En cierto modo transmigramos a ella – este hecho fundamental, posible, extraordinario, en lo cual he insistido muchas veces, del punto de vista puramente teórico, de la posibilidad de la interpenetración de las personas, que se contrapone, es curioso, a la impenetrabilidad de los cuerpos. En física, en los manuales más elementales se habla de la impenetrabilidad de dos cuerpos: donde está un cuerpo no está otro ¡claro! En esta realidad extraña que es la persona, ¡no! Es posible la interpenetración de las personas. Esta es la forma positiva. Pero, claro está que la persona puede actuar blindándose frente a las demás, aislándose de ellas, repeliéndolas y, entonces, esto desaparece. Pero, claro, esto lo hace perdiendo su propia penetrabilidad, perdiendo un rasgo capital de la condición personal. Fíjense ustedes que la renuncia a la otras personas como tales significa, hasta donde es posible, una renuncia a la propia condición personal. La despersonalización de los demás acarrea la despersonalización propia. La personalidad es un fenómeno que – como todo lo humano – admite grados: puede ser un mínimo, puede ser un máximo: el lirismo...

Imaginen ustedes hasta qué punto puede haber variaciones. Las variaciones personales, las variaciones individuales son incontables. Podríamos hacer un análisis de la realidad, un análisis espectral de la persona, y encontraríamos enormes diferencias. Pero también en el carácter colectivo, hay formas de vida, formas de convivencia que están hechas de lirismo o de prosaísmo, están hechas de personalización o de despersonalización, y que tienen, por tanto, grados de realidad personal profundamente distintos. Ustedes pueden comparar diferentes países, o países en diferentes épocas, a lo largo de la historia, puede cambiar, puede tener máximos y mínimos de estas cosas. Fenómenos capitales sobre los cuales la atención se fija poco, raras veces. Es curioso que la atención que el hombre presta a la realidad no tiene mucho que ver con su importancia y con su alcance. Sobre las cosas más importantes frecuentemente se resguarda. Se pone la atención en análisis incluso minuciosos sobre aspectos y dimensiones, a última hora, poco importantes, poco interesantes. Si la atención fuera mayor y dirigida de la manera inteligente, creo que la calidad de la vida tendría un incremento que casi ni podemos imaginar..."

Julian Marías 2000

un año sin Marias

Hoy hará un año desde que se nos fue don Julián Marías. Yo lo imagino de tertulia permanente con Ortega, Aristótlees, Marcel, CS lewis. Y amando a Lolita. La verdad es que hasta el clielo se ve más claro desde que está usted por ahí arriba!!. Le echmos de menos, pero a la vez seguimos en conversación con usted. Que nadie se pierda a Marías!!.

Demasiado serios

Temo que estemos amenazados por un viento de seriedad inoportuna. Creo que es esencial tomar en serio las cosas que lo merecen; pero no tomar una actitud seria invariablemente y ante todo. No sé si se usa ya una expresión frecuente cuando yo era joven: seriedad del burro. Esa seriedad permanente y a propósito de todo.

Empecé a leer ABC el año 1919. Por aquel entonces escribía con frecuencia un autor que firmaba Melitón González; creo que se llamaba Pablo Parellada, y que era militar; no estoy muy seguro. Escribió un artículo, acaso una serie, con el título «Para lo mejor del mundo no tenemos nombre. Pobrezas del rico castellano». Partía de la palabra «girl», que le parecía atractiva, y echaba de menos equivalentes españoles. Muchacha o chica no le producían entusiasmo; rapaza o zagala, decía, «huele a sidra».

Casi nadie se atreve ahora a escribir así y sobre tales cuestiones. Parece que no tienen importancia, que no merecen atención. Esto ha empobrecido los periódicos, en buena medida también los libros. Apenas hay humoristas; las caricaturas que publican los periódicos son el lugar en que casi todo el humor se ha refugiado; un excelente ejemplo es Mingote, que aplica estos principios a diario; ABC ha tenido suerte: antes que él dibujó y comentó en sus páginas durante muchos años Xaudaró, que tenía también gran ingenio. Los dibujos de Mingote son un refugio y un alivio; los buscamos con avidez cada día, y nos asombra su ingenio cotidiano.

Durante los diez primeros años de su publicación, «La Codorniz» fue una delicia; mi mujer y yo la comprábamos cada semana y nos divertíamos con su humor fresco, inocente, incansable. Luego empezó a politizarse un poco y perder su libertad y su gracia; una consecuencia de ello ha sido que por dos veces se han hecho antologías de esa publicación, con poca fortuna y escasa gracia. No figuraban en ellas multitud de artículos y dibujos que se me han quedado en la memoria al cabo de unos sesenta años.

Admiro el ingenio; cuando es cotidiano me parece asombroso. Creo que, por otra parte, ejerce un influjo benéfico sobre los lectores, acaso sobre la sociedad entera. En épocas difíciles «La Codorniz» era un remanso de paz, alegría y libertad, algo que no abundaba. Recuerdo que Mihura, uno de sus fundadores y mejores colaboradores, reprochó a quien lo había sucedido el olvido de aquellos principios originarios. Pienso que tenía razón y que el cambio de actitud nos privó de un fermento de alegría e inocencia que influía benéficamente sobre los lectores.

La prueba del valor que tuvo la primera etapa de «La Codorniz» es que todavía recuerdo multitud de artículos, dibujos y hasta meros chistes de los años cuarenta. En una época dura y con pocos atractivos acudíamos a ella como una reserva de humor, ingenio, alegría y hasta inocencia.

Siempre he creído que la inocencia es, con la ingenuidad, la única actitud verdaderamente creadora. Si se repasara desde este punto de vista la obra de los grandes creadores, se vería hasta qué punto han conservado siempre esas actitudes.

No están de moda; más bien se las rehúye, parecen una deficiencia, una pérdida de importancia. Conviene reparar en las palabras que se usan; importante es lo que importa; pero ¿importan de verdad muchas cosas que se consideran importantes porque se presentan como tales? Si las analizamos, si miramos su efecto sobre nosotros, descubrimos que nos importan muy poco, acaso nada. No basta con atribuirse importancia para tenerla; no es suficiente el gesto acartonado, hosco, para que nuestra atención se fije, se interese; es mejor que se distienda, que se abra con placer o alegría.

Incluso el humor deliberado y buscado como tal, diríamos profesionalmente, en caricaturistas o escritores que pretenden humor, es con frecuencia agrio, carente de alegría. Por fortuna se conservan algunos remansos que nos parecen preciosos; pero son minoritarios, no frecuentes, y no existen publicaciones que consistan precisamente en esa actitud. Esto quiere decir que el volumen de esa vena de inocencia, alegría e ingenio desinteresado no es gran cosa.

Las publicaciones dominadas por el propósito político carecen absolutamente de ese hilo de humor, tan refrescante y salvador. Hasta cierto momento han existido escritores dedicados exclusivamente a eso, al buen humor y el ingenio; recuerdo a Juan Pérez Zúñiga, cuyo libro más difundido se tituló «Viajes morrocotudos en busca del Trifinus melancólicus». Después de viajes hilarantes, lo encuentran en una pescadería de la calle de Jacometrezo: era el percebe.

Recuerdo una de sus frases disparatadas; los viajeros sobrevuelan un campo de batalla y ven «los cadáveres aún vivos de millares de difuntos próximos a exhalar el ay postrero». En esa frase confluyen el disparate y la burla de la retórica.

¿Qué se puede hacer? No es fácil recobrar el temple que hacía posible todo esto; haría falta gran denuedo para intentarlo, verdadero ingenio para realizarlo. Tal vez ayudaría el revivir, releer los textos que nos divirtieron hace años, reavivar así la capacidad de reír o sonreír; habría que restaurar el prestigio de lo divertido, que es más bien perseguido y evitado.

Ahora contamos con un recurso admirable, entonces inexistente: la televisión. Sería un instrumento fabuloso para lo divertido, lo incitante, lo gracioso. Casi nunca se la usa para estos fines. A veces la enciendo por las noches, con la esperanza de encontrar una modesta dosis de diversión; este deseo rara vez se satisface; no se aprovechan posibilidades que hubieran parecido maravillosas a las gentes que se limitaban a escribir o dibujar en otros tiempos. Me preocupa el uso desacertado o simplemente pobre que se hace de recursos verdaderamente extraordinarios, asombrosos, que hubieran hecho las delicias de los hombres de otro tiempo. Esto puede hacerse siempre; pero hay que desearlo, inventarlo, necesitarlo, aprovechar los recursos para llevarlo a cabo; tomar posesión de tantas posibilidades que se quedan en eso porque no se las aprovecha o realiza, por falta de imaginación y exceso de seriedad intempestiva. La seriedad debe reservarse para los asuntos que lo merecen; para la vida cotidiana y corriente es mejor volver los ojos a la jovialidad, la forma más fácil y accesible de algo tan importante como la alegría.

Julián Marías
ABC 2003